
La tribuna, la popu, el tablón. Ritos sabatinos, domingueros o cuando quieran hacer jugar al fútbol, pasión de multitudes y minorías también. Aquel terruño variopinto de criaturas entregadas a la locura que el fútbol produce. El alambre, el paravalancha, el codo; nombres propios del sitio en cuestión. Humos de choripán, puchos y paraguayos. Baños hediondos, sin agua y con escrachos de larga data. Pero la cosa está en los tablones, donde se detiene la vida. Están los que van al mismo lugar - por referencias inverosímiles- con compañeros cuyos nombres se desconocen o los que van detrás del alambrado. Los que en vez de la remera de su equipo usan buzo de arquero -rara gente esa, militantes de goleros- y ese desfile de casacas viejas desperdigadas que remiten campañas gloriosas o temporadas funestas. Reconocibles por la publicidad, la marca o el modelo (poco frecuente) y generalmente articuladas con la, a saber: la topper-la fate -la le coq y así. Está el puteador certero -personaje entrañable de quien se espera siempre ese plus en el oprobio- , el estadista, que es una referencia ineludible o aporta datos precisos sin que se lo consulte y el chismoso que supone manejar información calificada adjudicándose contactos en la comisión. Los de la bandera itinerante -respetados por su bagaje infatigable-, los giles, los zarpados y los transas abonados en todas las muchedumbres y con dudoso apego al fútbol o la causa que fuese. El que desde su radio pregona los goles de otros partidos, el que de visitante va con su soledad y el que repara en el nombre del referí y toda su prosapia, a favor y en contra. Hay un momento que requiere una descripción minuciosa: cuando el equipo, el suyo lector, le cascotea el rancho al rival y el gol no viene pero sí ese corner a favor que la monada celebra como conquista y comienza a saltar enardecida empujando al cancerbero al posible traspié para gritar hasta la afonía. También esa manifestación inexplicable que provoca un aguacero (por lluvia o por los bomberos) y la gente -en acto reflejo- enciende la tuca de la ilusión. Tardes y noches, lluvia y calor al grito emocionado de "... mi buen amigo, esta campaña volveremo' a estar contigo" porque la esperanza es el inicio de un campeonato no pintarse la cara de colores. Ahora, la historia retorna caprichosa, ávida, deseosa. El fútbol se puso berreta pero la gente insiste con lo que le queda de fe.
Texto: Javier Jalle Imagen: Luis Dardenne
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