
Decidió salir a caminar para que el tiempo transcurriese con mayor fugacidad que la habitual y así evadirse del fútbol, que a esta altura del certamen lo ponía más nervioso que de costumbre. Como La observación de los pájaros, Fontanarrosa. No quería saber nada hasta que el final fuese definitivo e irrevocable y recién en su casa -y a solas- sabría aquello que evitó con la caminata. Ni siquiera había almorzado por lo que -calculando la hora- se dirigió a la panadería. Ingresó al comercio -atestado-, sacó número (el 26) y se sentó impaciente. Recién cantaban el décimo. Contempló en derredor -con la complicidad de sus anteojos de sol- a las gentes en domingo. Matrimonios en joggins -risueños y felices-, debatiendo la elección de las facturas y dudando cuando la panadera les exigía la duodécima pieza. Entre incrédulo y extraviado, observó las latas y calculó que alcanzarían las facturas para cuando le tocase pero esa era otra excusa para combatir los demonios que lo perseguían. De repente -como un juglar- entró un muchacho de remera roja con un diminuto escudo de Independiente y dudó un buen rato en preguntarle. Lo abordó respetuoso y palpitante -aparentando un tibio interés- y el muchacho, extrañado, relató cronológicamente las incidencias del partido. Que el arquero rival debió ser reemplazado apenas empezaba, que Argentinos se puso arriba a los 26 (tal el número de su turno) y al minuto Nuñez por gol olímpico -justo él, verdugo inoportuno- lo empataba. Y que ni bien iniciado el segundo tiempo Gandín -de cabeza- y nuevamente Nuñez, a quien no le alcanzaban las manos para disculparse por haber pertenecido, ponían la chapa 3 -1 a falta de veinte. La pausa concitó aún más la atención de los varios que aguardaban cremonas y libritos. Él maldijo su inoportuna requisitoria y respiró profundo. El ahora trovador prosiguió con el descuento de ellos por intermedio de un ex racinguista a los 28 y enumeró todos los goles que se morfaron los suyos para liquidar la tienda. Sin embargo, Sabia lo igualó a los 44 -alguno repreguntó quien era el ignoto goleador- y en el tercer minuto de descuento Caruzzo -el de la selección local aportó una voz lejana- logró lo imposible para los de La Paternal. Una señora, que esperaba una Rogel ó también llamada mil hojas, informó que Estudiantes empató y Verón fue expulsado. La panadera musitó el 32 y ya no quedaban sacramentos. Él se perdió silencioso e incrédulo aunque nervioso, como si lo hubiese visto.
Texto: Javier Jalle Imagen: Luis Dardenne
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