
Hurgar un cenicero lleno de cenizas no depara sorpresas. Sólo hay eso, algo que se extinguió y mientras se consumía provocaba algo ameno. Hay preguntas que nunca tendrán respuestas y búsquedas sin tesoros. Los balances serán de los contadores y las mentiras para ganar juicios. Aquí, apenas una reseña tímida de lo que fue y es. Año nuevo, daños viejos. Al fútbol se le cae la piel cada sábado y domingo. Desde esa manifestación abominable que es el escupitajo ó cuando cuelgan del alambre intereses sin sentimientos. Al fútbol se le explota en la mano el petardo de los malaleche, de los grupos inversores, de las mentiras a préstamo, de los operativos inflados -falsos cobanis, dijo Fabián Casas- de los pulmones de tribunas y las visitantes vacías. Al fútbol se le caen las muelas por los que venden humo, los que van a menos, los camanduleros y los que besan camisetas de alquiler. Cuando entre colegas se amonestan cobardemente, cuando televisan desde el agua y el relato rancio se dice popular. Agonías, pequeñas muertes y resurrecciones; heridas mal suturadas. En un descuido se derrama un poco de optimismo, el de las gentes que le dan vida al balompié desde el verde césped ó combatiendo -con compromiso- al poder y a la caterva de canallas que confunden cenizas por nieve. Los que dan positivo de coraje, iluminan el rancho de la ilusión y mantienen encendida la esperanza de miles. Todo lo que se quemó son cenizas y del fútbol apenas una tuca, débil pero encendida; rara para los peleles que tienen la pelota en su poder.
Texto: Javier Jalle Imagen: Luis Dardenne
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